¿Qué ha hecho el Señor conmigo?

«Lo que yo puedo hacer, no puedes hacerlo tú. Lo que tú puedes hacer, no puedo hacerlo yo. Pero juntos, podemos hacer algo hermoso para Dios» (Beata Madre Teresa de Calcuta)

   Me piden del Movimiento de Cursillos de Cristiandad que, como indica el lema de este año, cuente brevemente “lo que el Señor ha hecho conmigo…”. Y la verdad, es que ni siquiera se por dónde empezar, porque el Señor conmigo siempre se ha dado en mi vida con una medida “desmesurada”.

   Hace relativamente poco que yo hice mi Cursillo, siete años, y lo recuerdo como un encuentro entrañable y cercano con el Señor. Aunque, en mi caso, el Cursillo no supuso mi primer encuentro personal con un Dios que me quiere con locura. Yo siempre digo, que la primera vez que fui consciente de esto fue en la Jornada Mundial de la Juventud de Roma, en el Año Jubilar, en el que, convocados por el Beato Juan Pablo II (a él le debo mi abrir los ojos a la fe), nos reunimos más de dos millones de jóvenes junto al Vicario de Cristo en la tierra, para celebrar que Dios había puesto “su morada entre nosotros”.  Allí descubrí, sobre todo, la belleza dela Iglesia, siempre joven, que me acompaña en mi itinerario de fe y me ayuda a caminar fijando los ojos en Aquél que me amó hasta el extremo. Los amigos de entonces aún hoy son mis mejores amigos y constituyen esa comunidad de vida (creciente, algunos de ellos ya casados y con hijos, otros ordenados sacerdotes o habiendo profesado los votos en congregaciones religiosas) que me hace sentir miembro de una Iglesia viva.

   Poco después de mi Cursillo, tuve la hermosa e inmerecida gracia de viajar hasta Calcuta para vivir una experiencia misionera junto a las hermanas Misioneras de la Caridad, de la Beata Madre Teresa (gracia que el Señor me regaló otras dos veces más en sendos años consecutivos). Estos tres veranos en Calcuta me hicieron ver que aquella es, realmente, “la ciudad de la alegría”. Allí pude reconocer, guiado por las misioneras, la belleza y dignidad verdaderas de cada hombre, mujer, niño o anciano. La dignidad con la que el Padre selló la creación del hombre, de cada hombre, haciéndolo a imagen y semejanza suya. Allí pude ver la hermosura del barro del que estamos hechos, aunque también me enfrenté a esta realidad siempre dura: todos somos barro. Aquí, en los países ricos, el barro se disfraza, se le viste y se le enjoya, se perfuma y se maquilla. Allí el barro es barro, que huele a barro -es decir, mal-, que tiene el color del barro y que se derrumba como barro que es… Ésta es la hermosura de Calcuta. La humanidad de cada hombre. Y en la pobreza de tantos hombres y mujeres, que como tú y como yo son amados por Dios con un amor personal y entregado, descubrí también mi propia pobreza. Yo también soy barro. Porque mis pobrezas son incluso mayores que las suyas. Porque muchas veces mis pobrezas son aquellas que consideraba mis riquezas. Eso hizo que mi acción en Calcuta no se centrara ya en ayudar filantrópicamente a mis hermanos más desfavorecidos, sino en compartir mi pobreza con la suya. Bastaba con sentarme junto a “mis niños” para paliar mi propia soledad; bastaba con ayudarles a comer o beber para saciar mi propia sed…

   Aunque antes de mi primera experiencia en Calcuta ya era voluntario de Cáritas Diocesana en el dispositivo de atención a transeúntes, ésta hizo que mis encuentros con los últimos y no atendidos de nuestra sociedad fuesen cada vez más intensos y, por qué no decirlo, más sobrenaturales. De las enseñanzas de Madre Teresa yo aprendí que tenía que reconocer a Cristo pobre en cada uno de nuestros hermanos necesitados. Por eso, aún hoy, mi voluntariado en Cáritas, también como Secretario General, sigue siendo un tratar de encontrarme con Cristo que, oculto como enla Eucaristía, se esconde tras el “amargo disfraz de los pobres”.

   Es esto lo que me ayuda a caminar en mí día a día. Saber que Dios me quiere apasionadamente y que me espera en los últimos y no atendidos a los quela Iglesia, a veces sólola Iglesia, acoge a través de Cáritas. Esto es lo que da sentido a mi vida de sacramentos, ala Eucaristíade cada día (que intento vivir desde que hice mis primeros Ejercicios Espirituales), a mi oración personal, a mi devoción ala Virgen, a mi compromiso como catequista en mi parroquia, a mi vida familiar y a mi trabajo como profesor universitario. Siendo consciente, como dije antes, de que soy barro y que me “desmorono” cada dos por tres, pero que hay Alguien que está empeñado, mucho más que yo mismo, en que sea plenamente feliz. ¡De colores!

Salva Ruiz Pino
Cursillo nº 912

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