¿Lecciones de la pandemia?

Mientras las noticias a cualquier hora y cadena pregonan el desastre global que llega a todas las latitudes del planeta, convertido en zona cero de esta sacudida, alarman sobre el descalabro económico en cascada que toca y hunde todos los sectores y economías y, sobre todo, presentan los cientos de miles de víctimas humanas afectadas y los miles de fallecidos, me pregunto en voz alta qué podemos aprender de esta situación más allá de observar el dolor, de sufrir el confinamiento y de la queja ante una gestión incierta de la pandemia. ¿Tiene algún sentido todo lo que estamos viviendo? Nos encontrábamos en nuestros afanes y luchas diarios, en nuestros retos y fracasos cotidianos, en sacar adelante nuestras vidas y nuestras familias, con la planificación de nuestros quehaceres y, de repente, todo se paraliza. El por qué ya lo sabemos, pero ¿para qué?, ¿a dónde nos lleva esta situación?, ¿será un paréntesis en nuestra vida y volveremos a la casilla de salida?, ¿o será, tal vez, un punto y aparte, un antes y un después de lo que fuimos y seremos?

¿Es un verdadero vía crucis lo que vivimos o puede ser un vía lucis de esperanza? ¿Podemos sacar alguna lección que nos haga crecer como seres humanos? Sinceramente pienso que sí. Hemos superado la fase del miedo inicial y el acaparamiento de todo, la fase secundaria de aprendizaje en la que contratamos la información y nos ponemos a dar lo mejor que tenemos, a una tercera fase o zona de crecimiento, en la que somos más empáticos, más pacientes y creativos, y encontramos un propósito para todo. La primera enseñanza, es que estamos viviendo de forma general, frente a nuestra prepotencia y seguridad, nuestra fragilidad y vulnerabilidad, en todos los sentidos. Nos sentíamos seguros y fuertes, invulnerables en manos de la ciencia y de la técnica, pero un virus desconocido ha destrozado nuestras conquistas y arrinconado nuestros derechos, ha puesto contra las cuerdas no sólo nuestra salud sino también al sistema público con todos sus medios y recursos. “La tempestad desenmascara nuestra debilidad. Nos hemos mantenido imperturbables, pensando mantenernos sanos en un mundo enfermo”, señalaba el Papa Francisco en su oración y alocución del día 28 de marzo. Sólo sintiéndonos como niños pequeños, indefensos, humildes, podemos estar más cerca de Dios y ponernos en sus manos.

Lo segundo, que en estos momentos de inseguridad aparece el miedo ante lo desconocido y recobra importancia la fuerza de nuestra fe. Desde la plaza de san Pedro, el Papa Francisco nos dejó unas preciosas reflexiones tomando de referencia el evangelio sobre la tempestad calmada. El Señor nos dice que no tengamos miedo. “Jesús trae serenidad a nuestras tormentas”.

“La oración y el servicio silenciosos son nuestras armas. No nos salvamos solos”

Lo tercero, hemos cambiado las dinámicas y hemos puesto por delante la lucha y el respeto por la vida. Una de las primeras leyes que se presentaron en la legislatura fue la regulación de la eutanasia, la reivindicación como derecho a la “muerte digna”. Pero no queremos morir, sino vivir, la batalla es la de salvar vidas y mitigar el dolor.

Lo cuarto es valorar la dignidad de la persona: pienso que los más frágiles de todos los afectados por esta situación han sido las personas mayores, los más necesitados y dependientes, a quienes algunos pensaron, desde la barbarie del individualismo y el utilitarismo, sacrificar por los más jóvenes o por la productividad del país. Debemos de defender la dignidad de todos, en esta crisis vemos la humanidad que queda dentro de cada uno de nosotros. En quinto lugar, valoramos más que nunca el sentido de la solidaridad, el depender unos de otros. Durante muchos días, salimos cada tarde para aplaudir a quienes asumen su compromiso en beneficio de los demás, exponiendo su propia integridad y seguridad. Es la hora de sacar lo mejor de nosotros, de los héroes de cada jornada: “La oración y el servicio silenciosos son nuestras armas. No nos salvamos solos”, nos recordaba el Papa.

En sexto lugar, distinguimos lo urgente de lo importante. Hemos relegado la prioridad absoluta que hace unas semanas nos secuestraba la agenda diaria, que sólo nosproporcionaba estrés y ansiedad. Aprendemos que lo más importante está dentro de nosotros y a nuestro lado, y eso es lo que estamos cuidando estos días, procuramos reencontrarnos en nuestro interior, redescubriendo a quienes viven entre nosotros. Todo aquello que nos parecía inaplazable recobra ahora su sentido mucho más irrelevante. De otro lado, como séptima conclusión, valoramos más lo que tenemos frente a esa espiral inacabable de consumos compulsivos, aprendemos a disfrutar de tantas cosas que tenemos y olvidamos lo que no necesitábamos, podemos ser felices más que con lo que tenemos, con quienes tenemos cerca. Si la codicia, además, marcaba la brújula de muchas existencias, inevitablemente esta crisis nos ha empobrecido a todos, valorando que no necesitamos tanto para vivir. En octavo lugar, nos estamos reconciliando con una naturaleza enferma y maltratada. Los niveles de contaminación han descendido a cotas de hace más de 30 años, hay muchas ciudades en el mundo que han vuelto a ver el color azul del cielo tras años ominosos.

“Levanto mis ojos a los montes ¿de dónde me vendrá el auxilio?, el auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra“

Finalmente, como últimas dos conclusiones, creo que hemos vuelto más nuestra mirada a nosotros mismos y nuestros hermanos. Vivíamos sobresaltados con los maltratos domésticos, con las violencias injustificadas, vivíamos con las exigencias de la inmediatez, y esta situación nos está cultivando en la paciencia, en la escucha, en la resiliencia, nos está volviendo más empáticos unos con otros. Y de otro lado, hemos vuelto la mirada a ese Jesús que llama a nuestra puerta. Abrazar al Señor es abrazar la Esperanza, en su cruz hemos sido salvados y tenemos un timón, nos señalaba el Papa recientemente. Como proclama el salmo 120, desde mi confinamiento y tribulaciones “levanto mis ojos a los montes ¿de dónde me vendrá el auxilio?, el auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra“

No sé si después de toda esta intensa experiencia seremos cortos de memoria, el hombre tropieza dos veces en la misma piedra, pero espero que, al menos, seamos largos de esperanza.

 

Francisco García-Calabrés Cobo

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