El Señor me abrió los ojos

    Mi Cursillo fue el 301, creo que en 1969. Primero lo hizo mi marido (Pepe Jurado) y, al año siguiente, lo hice yo. Lo hice en el momento justo, porque mi vida cristiana no andaba muy bien, había dejado la oración y la Eucaristía al igual que nuestro matrimonio. Teníamos dos hijas pequeñas, pero la cosa no iba nada bien. Creo, que en el Cursillo, el Señor me derribó del caballo, como a San Pablo, y me dijo “abre los ojos y mira lo que te estás perdiendo…”. El Cursillo fue la solución, porque empezamos a caminar los dos con un mismo pensamiento, con una misma idea. Nos ayudó muchísimo. Y lo hicimos integrándonos en nuestra parroquia, colaborando con todo lo que nos pedía nuestro párroco.

   También nos ayudó el integrarnos en la Escuela. Tengo una vivencia muy bonita porque encontré allí unos hermanos; no eran amigos, eran hermanos, unos hermanos que sentían y vivían igual que yo, que tenían los mismos problemas que yo, y trabajábamos todos juntos. Pero mis mejores recuerdos son de la cocina. Allí me sentía más cerca de la gente, quizá porque convivía más tiempo con las personas compartiendo nuestros problemas, experiencias y vivencias. Y, sobre todo, las visitas al sagrario exponiéndole al Señor nuestras cosas… Sentías al Señor vivo, sentías que te sonreía en esa cruz. Recuerdo, que al principio, ese Cristo no me gustaba nada, pero después… no querías irte a la cama. Me pasaba como en el Evangelio de la transfiguración, que me daban ganas de quedarme allí toda la noche en aquella alfombra, es que era una sensación… y además es que lo sentía, sentía cómo me abrazaba, cómo me besaba; no sé, fueron unas experiencias muy bonitas. Parece que en la cocina me esforzaba y trabajaba más por los demás y ese cansancio que tenía cuando llegaba la noche era un agradecimiento al Señor porque yo lo había hecho por los demás, había trabajado por los demás.

   Y lo mejor es que todo eso se tradujo también en mi familia, inculcar a mis hijos, todo lo que yo había estado viviendo, inculcarles que había que amar a los demás y entregarse por ellos. Y luego con respecto a mi ambiente, mis amigos,… aceptar a las personas de otra manera, intentar ver de otra manera a esa persona que me hace daño, ver a Jesús en la cara de los demás.

   Por todo eso, yo puedo decir que Cursillos ha sido mi vida;  pude sobrellevar la enfermedad de mi marido gracias cursillos. Cuando Pepe cayó enfermo tuve que desvincularme de la Escuela, pero yo me sentía fuerte y arropada. Ahora, sigo colaborando en mi Parroquia de Santa María Madre de la Iglesia, como encargada del Centro Parroquial, y también en las catequesis de preparación al matrimonio.

   Soy consciente de que mi relación con Dios la tengo que regar, como si fuera una maceta, y por eso acudo todos los días a estar un rato con Él en el Sagrario, y también a catequesis de adultos. Quiero que cuando llegue el final de mis días pueda decir a boca llena en el último momento: ¡Señor dame tu mano y recíbeme!  Y si yo estoy mustia no puedo sentir eso, y yo quiero sentirlo en mi corazón.

 

Asunción Priego Blanco
Cursillo nº 301

 

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