La Santidad cristiana según San Juan de Ávila.

Por Rvdo. Carlos Jesús Gallardo Panadero.

Todo cristiano, en cualquier estado de vida, está llamado a la santidad. Así nos lo recuerda el Concilio Vaticano II. Se trata de una exigencia del bautismo. Es responder a una llamada del Señor: Sed perfectos como vuestro Padre celestial, es perfecto (Mt 5, 48).

Pero ¿en qué consiste la santidad verdadera? San Juan de Ávila, en su obra Audi Filia, nos dice:” La santidad verdadera no consiste en el sentimiento, sino en el cumplimiento de la voluntad del Señor (AF c55, 5666s).

La vocación cristiana es llamada a la santidad. San Juan de Ávila en el sermón 57 nos dice: “¿Qué es ser cristiano? Tener la condición de Jesucristo”.  He aquí la raíz de la santidad, donde el Santo Maestro pone toda la fuerza: configurarse con Jesucristo. Pensar, sentir y amar como Él. Es decir vivir en Cristo, tener sus mismos sentimientos, su mismo Corazón. Por el bautismo ya hemos entrado en esta dinámica del amor, del amor transformante en Cristo. Es por tanto la caridad verdadera, la clave para la perfección cristiana.

En la caridad cristiana se encuentra el punto central de la santidad. La vida cristiana no es cumplir unas leyes más o menos complicadas, sino que es vivir una amistad, una amistad con Jesucristo, que se extiende a los demás. En todo se descubre el amor de Dios. “Si todos y del todo ardiésemos por Ti “. Es esta caridad fuego que arde en nosotros, y que sólo quiere extenderse, expandirse en los demás. “Oh Dios, fuego que consumes nuestra tibieza, y cuan suavemente ardes, y cuan sabrosamente quemas, y con cuanta dulzura abrasas”.

Esta santidad se puede alcanzar en cualquier estado de vida. Es más, todos tenemos la obligación por nuestro bautismo de ser santos, pareciéndonos cada vez más a Jesucristo.

En el concilio Vaticano II, se usa la expresión perfección de la caridad (LG 40). Pero en los escritos avilistas ya encontramos esta afirmación sobre la santidad.

Es cierto que para alcanzar la santidad es indispensable la renuncia: “Si vienes tras de Mi, ven sin ti”. Pero este aspecto de la renuncia queda suavizado con lo que significa revestirse de Cristo. Tenemos que renunciar a nuestro propio yo, muchas veces egoísta, para buscar llenarnos de Cristo, y así, vivir su misma vida.

Los medios para la santidad, son necesarios, pero éstos, no son la esencia de la santidad. Escuchemos un fragmento del Sermón 76 de San Juan de Ávila: “Reza mucho, pero no amas a Dios, no amas al prójimo, tienes el corazón seco, duro, no partido con misericordia; no lloras con los que lloran; y si esto te falta, bien puedes quebrarte la cabeza rezando y enflaquecerte ayunando; que no puso Dios en eso la santidad, principalmente, sino en el amor”.

En San Juan de Ávila, se descubre perfectamente que es el amor el que rige el camino de la perfección. Se trata de un reaccionar amando, o de ordenar la vida según el amor.

El Santo Maestro Ávila, usa con frecuencia la expresión, los amigos de Dios para hablar de los santos. Y es que entiende que la santidad, es cuestión de amistad. Amistad con Cristo, que es obra de la gracia, y puede ser imitable por todos.

La amistad con Dios, característica de los santos, consiste en la fidelidad a sus planes salvíficos, siguiendo los signos que Dios deja entrever en los acontecimientos históricos.

Los santos son testigos del amor de Dios por el camino de la perfección: “los amigos de Dios van por camino contrario al de los malos, mostrándose como grandes amigos de la verdad y grandes aborrecedores de la mentira” (Gál n45, 2438ss) la amistad con Dios produce libertad y gozo del corazón.

En definitiva, la santidad o perfección cristiana se concreta en el seguimiento e imitación de Cristo, la relación y transformación en Él.

Sigamos el consejo del Santo Maestro Juan de Ávila: “Que tengáis el corazón tan sellado con el de Cristo, que antes deseéis estar con Él con trabajos, que sin Él con mucho descanso.”

La santidad no es otra cosa que una amistad verdadera con Cristo, un amor que nunca ha dejado de quererte, de una persona que no ha déjate de amarte. Configúrate con Él y nada importará, sólo vivir de veras en el misterio de su amor.

 

¡Ven a Montilla! Aquí te encontrarás con este Maestro de Santos. Él desde su sepulcro sigue invitándonos a todos a la santidad cristiana. Él te sumergirá en la Hermosura y Grandeza de Dios. Y sus huesos te recordarán aquello que sus labios profesaron siempre: “Que todos sepan que nuestro Dios es Amor”.

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