La eficacia de estar unidos.

Vivimos en una sociedad que nos intenta hacer creer que las personas somos seres individuales viviendo en islas desiertas. Intenta hacernos olvidar que somos seres en relación constante y que nos influenciamos los unos a los otros de mil maneras. Los medios de comunicación, los grupos de amigos, la familia, las modas… Todo cala en el hombre. Está claro que, a pesar de todo, los hombres estamos interconectados entre nosotros. Dios nos creó así.

La empatía es esa capacidad de poder sentir  lo que sienten las personas que nos rodean. Nos ayuda a ser más sensibles, más cercanos, más comprensivos. Nos permite ponernos en el lugar del hermano.

Todos tenemos un vecino, un conocido, un familiar que nos desagrada con su actitud, su modo de vida pero ¿te has preguntado que le ocurre a esa persona para reaccionar así? ¿Te has parado a pensar por qué sufre? Cuantos problemas se evitarían si procurásemos entender mejor lo que hay en el interior de los demás. Sus expectativas, sus ideales, sus ilusiones, sus fracasos; En definitiva, ponernos en su pellejo. Solo así entonces entenderemos verdaderamente que es la caridad cristiana. Decía San Jose María Escribá que “más que dar, la caridad está en comprender”.

Todos estos sentimientos – la esperanza, la empatía, el amor- que provienen del espíritu promueven la unión, la comunión entre los hermanos. Como escribió San Pedro “Tened todos el mismo pensar y el mismo sentir” (1Pe 3,8).

Nuestro espejo donde mirarnos debe estar en Jesucristo. Él tenia la capacidad de percibir el dolor ajeno y hacerse participe de ello. Lo hizo sufriendo con la viuda que perdió a su hijo. Llorando con María ante la tumba de Lázaro. Fue sensible al dolor que sintió Pedro en su negación. Jesús nos enseña a mirar a las personas de una manera distinta. Con su vida, Jesucristo nos indica el camino para acompañar a esas personas que nos necesitan en sus ilusiones o en sus desencantos. Estamos obligados a interesarnos por el estado interior de quienes nos rodean. Como dice el el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium “detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad”.

Estoy seguro que a veces te cuesta. Estoy seguro que a veces no puedes. Párate. Céntralo todo y apóyate en la Gracia. Con la ayuda de la Gracia podemos superar todo aquello que lo impide. Nuestros defectos, nuestras miserias, nuestra “falta de tiempo”.

Apóyate en la oración. Porque no hay acción verdadera sin una oración constante. Dios pone todas las soluciones a tu alcance porque él todo lo mejora, todo lo ilumina y todo lo facilita.

Y sobre todo, pídele a Dios que te ayude a hacerlo todo con humildad. La humildad es el cimiento de todo edificio. Si ponemos verdadera humildad en todo lo que hacemos y vivimos solo podremos crecer. ¿Para qué intentar dar clases teológicas al que solo necesita un abrazo? ¿Para qué dar lecciones al que solo necesita que lo escuches? ¿Para qué dar discursos al que solo necesita saber que tú pasastes por eso y estas ahí, escuchándolo?

Cada día le pido a Dios que me ayude a sembrar con humildad. Que en estos tiempos de desunión, de individualismos, de una “verdad única” por cada persona individual, nos ayude a llevarnos a la unión con los hermanos. Que nos ayude a despojarnos de lo superfluo y nos una en una sola y única verdad que es Jesucristo. Lo demás se nos dará por añadidura.


Raúl González.

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