el trípode: ORACIÓN 4D n108, marzo 2025.
No deja de sorprenderme que me pidieran escribir sobre la oración para la revista Cuarto Día. A mí, que tantas veces he tropezado en mi vida de oración, que me cuesta perseverar, que me distraigo y me dejo llevar por las prisas del día a día. Pero no podía decir que no. Así que aquí estoy, compartiendo con vosotros mi reflexión.
Hablar de la oración es hablar del alma de nuestra vida cristiana. Es la piedra angular sobre la que se sostiene todo lo demás. Sin oración, sin esa conversación constante con el Señor, nuestra fe corre el riesgo de convertirse en una simple costumbre, en una rutina vacía. Por eso, es fundamental que nuestro día a día, sea vivido con espíritu orante, que pongamos a Dios en el centro de cada decisión.
A veces pensamos que tenemos buena voluntad y que nuestras decisiones son correctas, incluso a los ojos de Dios. Pero, si no las ponemos en sus manos, si no lo consultamos en la oración, es como jugar a la lotería: podemos acertar o no, pero nos perdemos lo esencial, que es nuestra relación viva con Él. De la oración han surgido las grandes revoluciones de la Iglesia, los movimientos de renovación, las conversiones más profundas. Pero también es en la oración donde encontramos luz para nuestras decisiones diarias, aquellas que moldean nuestra vida y la de nuestras familias.
Hace poco hablaba con un amigo sobre la posibilidad de cambiar de casa, de buscar un hogar que se adaptara mejor a nuestra realidad familiar. Justo esa misma semana teníamos un viaje programado a Fátima. Y, ¡qué mejor momento y lugar para poner esa decisión a los pies de la Virgen y en el Corazón de nuestro Señor! Me preguntaba: ¿Es este el mejor cambio para mi familia? ¿Es lo que Dios quiere para nosotros? Regresé de Fátima sin una respuesta clara, pero con algo más valioso: la certeza de que Dios debe estar en el centro de mi vida, de que debo llevarle a todos los ámbitos, no solo a aquellos que considero «espirituales».
Pensaba que estaba en un buen momento de oración: madrugo para rezar, hago deporte escuchando música de Hakuna, acudo a la Eucaristía con más frecuencia… Y, sin embargo, me faltaba algo esencial: preguntarme con sinceridad ¿Señor, qué quieres Tú de esto? No solo presentar peticiones, sino también aprender a escuchar. Y, sobre todo, a dar gracias. Porque en la oración solemos pedir mucho: por nuestras familias, por nuestros amigos, por nuestras necesidades. Pero, ¡cuántas veces se nos olvida dar gracias! Gracias por lo que ya tenemos, por lo que hemos recibido, por lo que Dios nos da cada día, aunque no lo pidamos.
Sigamos perseverando en la oración, aunque tropecemos, aunque nos distraigamos. Dios siempre está esperando ese momento de encuentro con nosotros. Él no nos pide palabras perfectas ni pensamientos elevados, solo un corazón sincero que busque su presencia. Y en ese diálogo constante con el Padre, encontraremos la verdadera paz y la certeza de que estamos en sus manos.
¡Que la Virgen nos ayude a orar con humildad y confianza, y que el Señor nos dé la gracia de vivir siempre en su presencia!
De Colores.

