La mano de Dios

   Somos un matrimonio al que nos han pedido que demos un testimonio de nuestra vida cristiana para una ocasión singular y especial y, aunque no somos de palabra fácil ni de desnudar ante los demás nuestras almas para mostrar nuestros sentimientos más personales, vamos a intentar hacer un resumen de lo que nos llevó a emprender el camino de la Fe cristiana y que algún día nos hará dignos de participar de la Gloria y el Banquete Eterno.

   Cierto día, la vida nos golpeó de tal forma que caímos en el pozo oscuro y profundo de la tristeza, el desconsuelo y la desesperación. Para nosotros fue lo más parecido al infierno. Pero fueron muchas las manos que se nos tendieron para sacarnos a flote, pues no teníamos fuerzas suficientes para aferrarnos a ninguna de ellas por falta de Esperanza y de Fe. Dentro de nuestra desesperación una mariposa se puso delante de nosotros y, sin saberlo ni desearlo, nos vimos un 15 de marzo de 2007 en la casa de San Pablo formando parte del Cursillo de Cristiandad nº936. Fue una vivencia muy dura, con mucho dolor y mucha lucha interior (¿verdad amigo Jose Luis?), pero tras vencer la tentación de alejarnos de allí y limpiar nuestro corazón, sentimos como una mano fuerte y poderosa, -la misma mano que creíamos que era la que nos había golpeado-, llena de comprensión, esperanza y sobre todo de AMOR, nos agarró con firmeza y, con dulzura a la vez, nos susurraba al oído: no temáis venid conmigo, volveréis a ver la luz y algún día comprenderéis lo que ahora no podéis (“Ahora vemos como en un espejo de adivinar, entonces veremos cara a cara” Cor.I). Esa mano era “LA MANO DE DIOS” y comprendimos que no podía ser la que nos había mandado al abismo, pues esa mano que se nos tiende no puede nunca querer el mal para nadie, ni causar dolor  porque DIOS ES AMOR.

   Hoy en día continuamos caminando por el sendero de la Fe, llevando nuestra cruz, unidos a la Comunidad Cristiana del Beato Alvaro de Córdoba, rodeados de amigos y hermanos que nos quieren, nos arropan, nos sostienen y no nos dejan desfallecer. Intentamos colaborar, en todo lo que el tiempo nos permite, con nuestra parroquia y nuestro párroco, dando catequesis de comunión, trabajando junto al grupo de Cáritas parroquial, intentando ayudar  en lo que podamos a los demás y recibiendo a la vez formación en la Fe cristiana, asistiendo también nosotros a catequesis.

   No olvidamos, aunque sea de tarde en tarde, subir a esa casa de San Pablo tan especial que desprende tanta paz, espiritualidad y amor para, -como decía alguien de allí-, rellenar el cubo de la Fe que vamos perdiendo por el camino.

   Ahora, como dice el Apóstol San Pablo nos quedan tres cosas: La Fe, La Esperanza y el Amor, la más grande es el AMOR.

Jose y Paqui
Cursillo nº 936

 

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