Palabra de consiliario 4D n109, noviembre 2025.
Es indudable que vivimos insertos en una cultura que cambia muy rápido, como lo hace el paisaje cuando lo contemplamos desde el tren de alta velocidad. Y ante el cambio de cultura Jesús nos invita cada día a un cambio de mentalidad, que significa un cambio en la manera de mirar a las personas y al mundo, un cambio en la manera de amar. Y es esto último lo que nos diferencia a los cristianos de los demás.
El ideal cristiano no es ser como todo el mundo, sino amar como ama el Padre al Hijo, como ama el Hijo a la “oveja perdida de la humanidad”. El ideal cristiano es “ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.
No podemos perder de vista, ni un solo segundo, la “ubicación” que Dios nos ha enviado: su corazón, su presencia, la santidad. Esto significa recorrer el camino amando a todos y amando siempre. No necesariamente nos verán como cristianos por cumplir y rezar mucho, sino por amar mucho.
Hoy, amándonos y amando, podremos cimentar el presente y construir el mañana. Es decir, descubrir a Dios mirando a nuestro mundo, pero sin ser del mundo; mirar nuestra realidad, nuestros ambientes desde la Palabra de Dios, que siempre nos guiará, y guiará a muchos al mañana de esa única ubicación que Dios nos ha compartido. Mirar hoy con la mirada de Dios se llama esperanza. Lo que hoy es un brote mañana está llamado a ser una bella flor y un dulce fruto.
Dios sigue presente y actuando en el mundo, en la historia; pero esa presencia hay que descubrirla, leerla vivirla y comunicarla. Cristiano no es alguien que se queda en el invierno. No olvides que el frío sirve a las plantas para ahondar raíces y así florecer en primavera.
La sola inteligencia es capaz de lo bueno y de lo malo, pero nunca de lo santo; podrá maquinar estrategias pero nunca será capaz de amar apasionadamente. Para esto hace falta corazón, pero un corazón que tiene su único modelo en Dios, y que nos invita a amar un mundo con hambre de pan, de justicia y de paz; pero sobre todo hambriento de su Gracia, de su misericordia y de la esperanza que sólo Él puede dar.
María, la mujer humilde llena de Espíritu Santo, supo escuchar la Palabra, descubrir a Dios en Ella y en su entorno; supo amar y enseñó a caminar a su Hijo. Si tú y yo hacemos como Ella acompañaremos y enseñaremos también a muchos a caminar para que puedan encontrar a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.

