Las Familias de hoy en día

Estamos en una sociedad que cambia muy rápidamente, donde existen grandes avances, más comodidades, más medios para comunicarse, pero donde también existen dificultades, crisis de valores, donde en muchos casos prima más el tener que el ser, el individualismo, el egoísmo, la ausencia de compromiso, y donde existe cada vez más soledad. Estos cambios también se ven reflejados en la familia de hoy, cada vez más dañada, existen más hogares empobrecidos, aislados, donde la soledad se da incluso dentro de una familia, donde existen cada vez mayor número de divorcios, mayor descenso de la natalidad y retraso en la edad de maternidad y pobreza infantil, etc.

Para la iglesia, la familia es la comunidad de amor, santuario de la vida y ambiente de la humanidad y fundamental dentro del plan de Dios para nosotros. La familia sirve como núcleo para enseñar valores, fomentar el crecimiento, cultivar el amor, donde aprendemos a convivir, a perdonar, y a amar. Pero no debemos tener miedo a tener dificultades, todas las familias tienen inquietudes y sufrimientos, pero también gozos y esperanzas.  En la familia de Nazaret no hubo riquezas materiales, ni comodidades, hubo migración, persecución, pero por encima de todo amor.

Desde el trabajo que desempeño con familias y menores en situación de riesgo y/o vulnerabilidad, percibo el aumento de la conflictividad familiar, la falta de límites, y de compromiso en la educación de los hijos, el aumento de adicciones y violencia de todo tipo, la diversidad de modelos de familias, las situaciones de divorcios traumáticos y su incidencia en los hijos, …

En muchas ocasiones el inadecuado cuidado de los padres hacia sus hijos, tanto por acción, como por omisión, por la sobrecarga de tareas de los padres, los problemas de comportamiento de los hijos o por otras muchas causas, afecta a toda la familia. Son muchas las ocasiones que las familias verbalizan que se quieren mucho, pero no basta con quererse, sino que lo importante es quererse bien. Amarse implica afecto y sentimiento, pero también voluntad, libre decisión, compromiso, ayuda mutua, responsabilidad. En ocasiones algunas familias necesitan de un equipo de tratamiento familiar, de profesionales, que les ayuden a minimizar los factores de riesgo y fomentar las potencialidades.

Muchos son los programas preventivos y de apoyo a las familias que tanto desde la administración, las instituciones y la propia diócesis se ofrecen a las familias para acompañarlas en los momentos de dificultad. Estos programas permiten escuchar a las familias, apoyarlas, y generar cambios internos.

Pero para poder acompañar a las familias es necesario, conocer los derechos que las amparan, respetar la dignidad de todos sus miembros, comprenderlas en su realidad, en su historia, desde su perspectiva cultural, y respetando tiempos y procesos de cambio que necesiten.

Pero mi compromiso no debe limitarse a mi esfera profesional, en mi compromiso como cristiana, también pienso, debo estar pendiente,  y no pasar indiferente ante las dificultades de familias que me rodean por pensar que pertenece a la esfera privada, es necesario no pasar de largo,  pararse, escuchar, tocar, orientar, estar a su lado, en definitiva acompañar desde el amor, sin juicios, desde el respeto, desde la paciencia, desde la esperanza, favoreciendo y ayudando para que sean protagonistas de promover cambios para mejorar su realidad.

Las familias, y empezando por la nuestra requieren cercanía, comunicación, compasión, buscar el crecimiento y el hacer mejores al resto de miembros de la familia, exige sacrificios, escuchar, tocar, abrazar y sanar, exige que nos duela el otro y dejarnos amar, cuidar.

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