Catequesis del lema del Curso 4D n109, noviembre 2025.
Querido hermano en Cristo:
Te escribo con alegría y gratitud al comenzar este nuevo curso, bajo el lema que nos regala el Señor: «Mirad cómo se aman». Cada año, el Señor nos propone una palabra que ilumina nuestro caminar, pero este lema tiene algo especial: nos devuelve a la raíz del Evangelio. Me pregunto, y te pregunto también: ¿puede hoy el mundo decir eso de nosotros? ¿Puede quién nos ve, en casa, en ambientes sociales o en el trabajo, reconocer que somos de Cristo por la manera en que nos amamos? ¿Se nota en nuestra forma de vivir que hemos tenido un encuentro con el Amor de Dios?
El lema comienza con una palabra que invita a detenernos: “Mirad”. No se trata de mirar con curiosidad, sino con profundidad, con los ojos del corazón. Jesús no nos pide que hablemos mucho del amor, sino que lo mostremos con hechos, que nuestra vida sea un reflejo visible de su amor. ¿Qué ven los demás cuando nos miran? ¿Ven paciencia, ternura, alegría, servicio? ¿O ven prisa, cansancio, distancia, rutina? Amar es hacer visible a Dios, y el mundo tiene hambre de ver ese amor encarnado en gestos concretos. Tal vez el mayor testimonio que podemos ofrecer no son nuestras palabras, sino nuestra forma de vivir, de perdonar, de acoger. ¿Estoy siendo para los demás un signo que invita a mirar a Cristo?
Luego viene la parte central: “cómo se aman”. No de cualquier modo, sino a la manera de Jesús. Su amor no fue sentimental ni cómodo: fue un amor que sirvió, que perdonó, que lavó los pies, que se entregó sin reservas. Amar así cuesta, pero es el único amor que transforma. ¿Cómo amo yo? ¿Amo con condiciones, esperando que me entiendan o me valoren, o amo gratuitamente, como quien sabe que todo lo ha recibido? ¿Sé escuchar con empatía? ¿Sé callar cuando mi palabra puede herir? ¿Sé alegrarme del bien del otro aunque no sea el mío?
En el Cursillo aprendimos que Dios nos ama tal como somos, con nuestras luces y sombras. Esa certeza nos impulsa a mirar al hermano con los mismos ojos de misericordia. Pero el amor verdadero no nace solo del esfuerzo: nace del encuentro con Cristo vivo. ¿Le dejo a Él transformar mis maneras de amar, o sigo amando con mis propias fuerzas?
Y después, la clave de todo: “se aman”, en plural. No “se ama”, sino “se aman”. El amor cristiano no se vive en solitario; necesita comunidad, rostro, nombres concretos. En el MCC lo sabemos bien: la fe se alimenta en grupo, se celebra en la Ultreya, se comparte en el poscursillo. El amor que Jesús nos pide se construye juntos, en lo cotidiano. ¿Cómo está nuestra comunidad? ¿Hay entre nosotros ese cariño fraterno que sostiene y anima? ¿Nos esforzamos en comprendernos y perdonarnos, o nos quedamos en la crítica fácil y el distanciamiento?
Los primeros cristianos no eran perfectos, pero su amor era tan sincero que la gente decía: “Mirad cómo se aman”. No porque no tuvieran conflictos, sino porque en medio de ellos sabían seguir caminando juntos. ¿Podemos decir lo mismo nosotros? ¿Estamos dispuestos a reconstruir los lazos cuando algo se rompe, a ser instrumentos de unidad donde haya división?
Este lema, hermano, no es solo un bonito recordatorio; es una llamada a la conversión del corazón. Nos invita a revisar nuestra forma de amar en todos los ámbitos: en la familia, en los ambientes, en la comunidad, incluso en el trato con quienes nos cuesta. ¿Qué ve quien me mira? ¿Ve en mí algo del amor de Cristo? ¿Soy una persona que une, que reconcilia, que anima, o a veces mi actitud apaga y divide?
El Señor no nos pide grandes gestos heroicos, sino fidelidad en lo pequeño: un saludo amable, una palabra de consuelo, una visita, una escucha sincera. Si en cada uno de esos gestos dejamos que actúe su amor, el mundo empezará a creer.
Por eso, te invito a que vivamos este curso con el corazón disponible. Que cada encuentro, cada reunión, cada oración, sea ocasión para amar un poco más. Que dejemos que Cristo nos mire y nos enseñe a mirar como Él. Que no tengamos miedo a mostrarnos vulnerables, a pedir perdón, a abrazar con ternura. Y cuando nos cueste amar, recordemos que Él nos amó primero.
¿Nos atrevemos a ser comunidades que contagien esperanza? ¿Queremos que quien se acerque a nosotros pueda decir con verdad: “Mirad cómo se aman”?
Pidamos a María, Madre del Amor Hermoso, que nos enseñe a cuidar, a servir, a permanecer unidos. Que ella mantenga viva en nosotros la llama del primer encuentro, y que nuestra vida, sencilla, concreta, alegre, sea testimonio del amor de Dios en medio del mundo.
Con un fuerte abrazo fraterno,
y siempre ¡De Colores!

