El Amor Mutuo como lenguaje irrefutable del cristiano

El amor mutuo no es para el cristiano un sentimiento o una norma ética; es la herramienta evangelizadora más poderosa de los que formamos el Movimiento de Cursillos y la Iglesia. En el Evangelio de Juan, Jesús nos dice: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros como yo os he amado… En esto conocerán todos que sois discípulos míos»(Jn. 13:34-35). Esta es nuestra identidad de creyentes.

Para el cristiano, amar es la consecuencia de haber experimentado primero el amor de Dios, y se convierte en el gran medio de evangelización. La unidad en el amor entre los hermanos es vital «para que el mundo crea»(Jn. 17:21). Mientras la sociedad se polariza cada vez más por ideologías o filosofías de moda, el amor cristiano es testimonio de unidad, comunión, mostrando que el Reino de Dios fluye bajo una lógica distinta.

Este testimonio se manifiesta en acciones que van más allá de las palabras. El apóstol Juan nos recuerda que no debemos amar «de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Juan 3:18). Es en la capacidad de perdonar, en el servicio desinteresado y en la caridad donde el mundo observa algo sobrenatural. De hecho, en esta misma carta el apóstol afirma que, aunque nadie ha visto jamás a Dios, su presencia se hace visible cuando nos amamos unos a otros.

Una verdad de fe puede ser debatida, pero un acto de amor puro es difícil de refutar. Al revestirnos de amor, que es el «vínculo de la unidad perfecta», como dice San Pablo (Col. 3:14), la comunidad cristiana se convierte en un signo privilegiado de autenticidad, porque el amor mutuo es el lenguaje universal que da valor al mensaje del Evangelio y hace visible la presencia de Cristo en su Iglesia.

Para quienes hemos vivido la experiencia de un Cursillo, sabemos que ese «Amor» no puede quedarse encerrado en las paredes de la casa de San Pablo. El amor mutuo es nuestra verdadera “Guía del peregrino” encarnada; es lo que hace que nuestro «Cuarto Día» no sea un recuerdo sentimental, sino una realidad hecha vida en nuestros ambientes.

Al volver al “metro cuadrado” de nuestros ambientes, nuestra mayor predicación no será lo que digamos, sino cómo nos cuidamos y amamos allí donde Dios nos quiera. Si nos amamos con la caridad entregada que hemos aprendido de Jesucristo, seremos verdaderos testigos de que Él está vivo.

 Que nuestro amor sea siempre ese testimonio vivo que invite a otros a decir: «Mirad cómo se aman», para que así, muchos más puedan encontrarse con el Señor.

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