Vivir la Cuaresma...
en Movimiento

Un espacio de encuentro para vivir la Cuaresma en Movimiento, preparándonos para vivir la grandeza de la Pascua a través de pequeñas reflexiones.

¿Qué es la Cuaresma?

La Cuaresma es un tiempo litúrgico de preparación para la vivencia de la Semana Santa, y por tanto, de la Pasión y luego la Pascua, que comienza el Miércoles de Ceniza y se extiende a lo largo de cuarenta días. Durante este período, los cristianos son invitados a intensificar su vida de oración, el ayuno y la caridad, con el fin de orientar el corazón hacia la conversión y prepararse para celebrar la Pascua de Resurrección.

Es un momento especial para reencontrarnos con la misericordia de Dios, renovarnos espiritualmente y reflexionar sobre nuestra relación con nosotros mismos, con Él y con los demás.

Desde el Movimiento de Cursillos de Cristiandad de Córdoba, hemos preparado un material de reflexión con el objetivo de acompañarte durante este camino cuaresmal. Se trata de una serie de meditaciones que se fundamentan en las siete palabras de Jesús en la cruz y que contienen preguntas para la reflexión, así como propuestas concretas para poner en práctica.

LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ

Reflexiones en clave cursillista.

Reflexiones, al ritmo de cada cual...


La idea es que puedas ir trabajando cada una de estas reflexiones de forma dosificada a lo largo de varios días o semanas, dependiendo de tu disponibilidad y ritmo personal. Cada palabra de Jesús abre un horizonte distinto de meditación: el perdón, la esperanza, la confianza…, entre otros aspectos esenciales de la vida cristiana y de fe. Sin embargo, si alguien desea hacerlo todo de una vez o en menos tiempo, también puede encontrar en estas reflexiones un instrumento útil de crecimiento espiritual para preparase de cara a un momento clave en la vida de los cristianos.

Este recurso busca ayudarte a profundizar en el misterio de la cruz y la resurrección de Cristo, invitándote a renovar tu fe y a descubrir la cercanía de Dios en tu vida diaria. Cada persona puede vivir la Cuaresma de forma diferente, pero lo importante es dejarse acompañar por la Palabra de Dios y abrir el corazón al cambio que Él quiere obrar en nosotros.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»

Lc. 23, 33-37

Del evangelio según Lucas:

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Para pensar:

Jesús, clavado en la cruz, pronuncia una de las palabras más conmovedoras de todo el Evangelio: pide al Padre que perdone a quienes le están crucificando. Este ruego no nace de una resignación pasiva, sino de un amor que trasciende todo límite. El perdón que ofrece Jesús va más allá de la justicia humana, que exigiría castigo o reparación; es un perdón que reconoce la fragilidad y la ignorancia del otro: “no saben lo que hacen”. Con ello, nos da una profunda lección sobre la misericordia de Dios, que siempre busca salvar, reconciliar y acercar.

En esta escena, podemos contemplar la entrega total de Cristo, que asume en su cuerpo el dolor y el pecado del mundo, y aun así responde con compasión. Él no espera que los que lo hieren se arrepientan primero; su perdón brota antes de que haya un “lo siento”, un acto de reparación o un cambio de actitud. Esto nos plantea una invitación exigente pero liberadora: ¿qué pasaría si nosotros, a ejemplo de Jesús, diéramos el primer paso en el perdón, aun sin garantías de que el otro cambie?

Además, esta palabra nos interpela sobre la forma en que nos tratamos a nosotros mismos. Con frecuencia, cargamos culpas o remordimientos por errores pasados, sin concedernos la posibilidad de perdonarnos. Sin embargo, al decir “Padre, perdónalos…”, Jesús también nos enseña que el perdón de Dios incluye nuestra propia historia y fragilidad. Aprender a perdonarnos abre la puerta a una relación más sana con Dios y con quienes nos rodean.

Por último, la actitud de Jesús en la cruz pone el acento en la acogida incondicional de Dios. El Padre no se queda esperando que el hombre se acerque perfecto; sale a su encuentro con la ternura y la misericordia de quien conoce los motivos profundos de las caídas humanas. Este mensaje resulta especialmente esperanzador para aquellos que se sienten alejados de la Iglesia o de la fe, pues muestra que la compasión y el perdón preceden cualquier juicio o condena. En este sentido, la palabra de Jesús es un pilar central del primer anuncio (kerigma): el amor de Dios es más grande que nuestro pecado o que nuestra ignorancia, y siempre está dispuesto a levantarnos.

Para reflexionar:

  • ¿Cuántas veces me cuesta perdonar?
  • ¿He experimentado la dificultad de perdonarme a mí mismo?
  • ¿De qué forma expreso el amor misericordioso de Dios a las personas que encuentro cada día?
  • ¿Cómo podría ayudar esta actitud que nos enseña Jesús a acercar a quienes se sienten alejados de la Iglesia?

Para vivir:

  • Dedica un tiempo de oración personal para pedir la gracia de perdonar a alguien con quien guardas rencor o resentimiento, y también para perdonarte a ti mismo.
  • Si es posible, da un paso concreto para reconciliarte con esa persona, tal vez con una llamada, un mensaje o un encuentro.

«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»

Lc. 23, 38-43

Del evangelio según Lucas:

Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Para pensar:

En medio de la agonía y el sufrimiento, Jesús se dirige al “buen ladrón” con una promesa rotunda: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Esta frase surge en un instante donde la muerte parece inminente y la esperanza humana se esfuma; sin embargo, Jesús, como Salvador, rompe todas las barreras de la desesperación. No hay error, pasado oscuro o situación que pueda frenar su amor inquebrantable. Al otorgar el perdón y la salvación en ese mismo momento, Jesús manifiesta la cercanía y la inmediatez de la misericordia divina.

Este diálogo en la cruz nos revela la esencia de la salvación cristiana: la certeza de que, si reconocemos sinceramente a Jesús como Señor, Él nos abre las puertas de una vida nueva y eterna. No se trata de un consuelo lejano o de algo que solo llegará después de la muerte. El “hoy” subraya la presencia actual de Dios, que actúa aquí y ahora, en nuestras circunstancias concretas. Podemos experimentar destellos del “Paraíso” en la vida cotidiana, cuando dejamos que la Gracia del Señor transforme nuestros miedos en confianza, nuestra soledad en comunión y nuestro pecado en perdón.

Además, esta palabra nos muestra una verdad fundamental: nadie está excluido del amor de Dios. El “buen ladrón” es un hombre que, a los ojos del mundo, no tendría méritos para reclamar una bendición final. Sin embargo, su acto de fe —“Jesús, acuérdate de mí”— desencadena la respuesta más generosa y contundente que puede existir. Esto nos llama a ser mensajeros de esperanza para quienes, por sus culpas o dificultades, se sienten descartados o indignos. El anuncio cristiano es que el perdón y la salvación pueden irrumpir en la vida de cualquier persona, sin importar las heridas del pasado.

En este sentido, “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” se convierte en una invitación a vivir con la certeza de que nada, ni el dolor ni la muerte, tienen la última palabra. Cristo nos acompaña en cada situación, regalándonos la promesa de que nuestra historia se encamina hacia un destino de resurrección y plenitud. 

Para reflexionar:

  • ¿De qué manera experimento el Paraíso ya aquí en la tierra?
  • ¿Lo hago a través de la fe, la comunidad y el amor?
  • ¿Siento que Jesús me ofrece la salvación “hoy”, o lo vivo como una realidad lejana?
  • ¿Cómo podría compartir esta certeza de salvación con alguien que se siente descartado o indigno?

Para vivir:

  • Cada mañana, reza pidiendo la gracia de vivir el día con la mirada puesta en la vida eterna, recordando que no hay situación sin salida para Dios.
  • Acércate (personal o virtualmente) a alguien que esté atravesando un momento difícil. Hazle sentir la cercanía y la compasión de Dios, ofreciéndole una palabra de esperanza.

«Mujer, ahí tienes a tu hijo...
Ahí tienes a tu madre»

Jn. 19, 25-27

Del evangelio según Juan:

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Para pensar:

En el momento de mayor sufrimiento, cuando todo indica que está a punto de concluir su misión terrena, Jesús fija la mirada en dos personas muy queridas para Él: María, su madre, y el discípulo amado. Al pronunciar esta palabra, no se limita a asegurar la protección mutua en el plano humano. Más allá del cuidado de una madre hacia su hijo y de un hijo hacia su madre, Jesús está fundando una nueva familia, tejida por los lazos de la fe y el amor.

María representa aquí a la Iglesia, porque es la primera en acoger incondicionalmente el proyecto de Dios; desde la Anunciación hasta la Cruz, ella permanece fiel y abierta a la voluntad divina. En su sencillez, se convierte en la “Madre” de todos los creyentes, alguien que protege, consuela y guía en el camino hacia Jesús. El discípulo amado, por su parte, es figura de cada uno de nosotros, pues a través de él el Señor nos regala la posibilidad de recibir a María como madre espiritual y de integrarnos de un modo único en la comunidad cristiana.

Este gesto de Jesús nos invita a reconocer que la Iglesia no es simplemente una institución, sino una familia de fe unida por el amor de Cristo. Su maternidad se expresa en la acogida, la enseñanza, la comunión y el acompañamiento de todos, especialmente de quienes están heridos, alejados o se sienten solos. En esta familia, cada persona tiene un lugar y una misión: ser hermano y hermana de los demás, sosteniendo al que sufre, compartiendo los gozos y las esperanzas, y anunciando con alegría la Buena Noticia.

Contemplar a María a los pies de la cruz nos mueve a abrir el corazón a quienes necesitan afecto, escucha y apoyo. La Iglesia, simbolizada en María, recibe la misión de prolongar en la historia el amor maternal de Dios por todos sus hijos. Al mismo tiempo, se nos invita a cooperar con esta obra maternal siendo acogedores, generosos y solidarios con quienes más lo necesitan. Es así como la fraternidad cristiana supera los lazos de sangre y se fundamenta en el amor de Cristo, que hace de cada bautizado un miembro vivo de su Cuerpo.

Para reflexionar:

  • ¿Siento a la Iglesia como madre que me cuida y me forma en la fe?
  • ¿Me siento parte de esta familia cristiana, comprometido con los demás, especialmente con los más necesitados?
  • ¿De qué manera puedo ser “hermano” o “hermana” para quienes están solos o alejados?

Para vivir:

  • Identifica a una persona de tu entorno que necesite acogida y ofrécete a ayudarla en algo concreto (acompañamiento, escucha…).
  • Reserva un momento a la semana para rezar el Rosario, pidiendo a María la gracia de amar más profundamente a la Iglesia y de ser acogedor con todos.

«Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado»

Mt. 27, 45-49

Del evangelio según Mateo:

Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: «Está llamando a Elías». Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».

Para pensar:

Esta palabra de Jesús en la cruz nos enfrenta al misterio de un Dios hecho hombre que experimenta, en su propia carne, la sensación de abandono y soledad absoluta. Es la cita inicial del Salmo 22, un clamor que nace desde lo más profundo del dolor humano: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. A primera vista, puede parecer una ruptura con el Padre, pero en realidad es el grito desgarrador de quien sigue llamando a Dios con una confianza radical en medio de la oscuridad.

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, no rehúye la fragilidad de la condición humana. Él conoce el dolor, la injusticia, el temor y la duda. Al pronunciar estas palabras, deja un camino abierto para que todos los que se sienten solos, incomprendidos o desamparados, puedan saber que no hay lugar tan profundo del sufrimiento al que Él no haya descendido primero. Aun en medio de la desolación, Jesús se dirige al Padre, mostrando que la fe es capaz de sostenernos aunque no veamos la luz inmediatamente.

En la tradición cristiana, este pasaje revela la grandeza del amor de Dios que asume toda nuestra miseria para transformarla. El Salmo 22, al que hace referencia esta exclamación, concluye con una alabanza: una vez expresado el dolor, brota la confianza en que Dios no abandona a sus hijos. Con ello, se nos invita a elevar nuestras quejas y angustias al Padre con sinceridad, pero recordando que la última palabra no la tiene la desesperanza, sino la fidelidad divina.

Muchos creyentes atraviesan, en algún momento de su vida, una especie de “noche oscura” donde no perciben la presencia de Dios, y dudan de si Él sigue escuchándolos. La cruz de Cristo nos muestra que la “ausencia” o el silencio de Dios no equivale a la falta de amor. A veces, ese silencio es la antesala de una nueva comprensión, un crecimiento en la fe o un encuentro que nos hace más conscientes de nuestra dependencia de Dios.

Finalmente, esta palabra nos impulsa a empatizar con quienes están sumidos en la soledad, el dolor o la incertidumbre. Es una llamada a la compasión activa, para que, como Iglesia y comunidad cristiana, sepamos acompañar y dar esperanza a quienes se sienten abandonados, mostrándoles que el amor de Dios está presente, aun cuando parezca oculto.

Para reflexionar:

  • ¿En qué circunstancias me he sentido “abandonado” por Dios o por las personas, y cómo he reaccionado?
  • ¿Cultivo la confianza en Dios incluso cuando no veo soluciones inmediatas a mis problemas?
  • ¿Cómo acompaño a quienes viven situaciones de oscuridad y soledad?

Para vivir:

  • Dedica un espacio de oración ante el Santísimo para expresarle a Dios tus preguntas y sufrimientos, con la certeza de que Él las acoge.
  • Ofrece tu oración por alguien que sufra, que viva en ese momento de «noche oscura», y que necesite de apoyo, escucha u oración.

«Tengo sed»

Jn. 19, 28-29

Del evangelio según Juan:

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca.

Para pensar:

Las palabras de Jesús en la cruz, “Tengo sed”, reflejan un dolor físico evidente, pero sobre todo revelan un anhelo más profundo: la sed espiritual que Cristo tiene de la salvación de cada persona. En la tradición cristiana, esta frase se ha comprendido como la proclamación del amor incansable de Dios, que desea reconciliar a toda la humanidad consigo. No se trata únicamente de un reclamo de agua material, sino de una expresión de su deseo de que volvamos nuestro corazón a Él.

Esta sed también nos interpela a reconocer nuestras propias “sedes”: buscamos amor, aceptación, plenitud, sentido. A veces, intentamos saciarlas en fuentes que no pueden darnos el agua viva: el consumismo, la búsqueda de reconocimiento, los placeres efímeros. Con su “Tengo sed”, Jesús nos muestra que solo en Dios encontramos la fuente inagotable de paz y de satisfacción profunda. Su corazón late con el anhelo de vernos unidos a Él y bebiendo de su gracia, que no se agota.

La expresión de Jesús nos invita igualmente a responder a su sed participando en la misión de acercar a otros a la fe. Cada vez que ayudamos a alguien a encontrarse con Cristo, estamos saciando, de alguna manera, la sed de Dios de redimir al mundo. En la espiritualidad cristiana, esto se traduce en el impulso misionero de anunciar la Buena Noticia a quienes se hallan alejados o no han experimentado el amor de Dios.

Por otro lado, “Tengo sed” nos confronta con la necesidad de mirar a nuestro alrededor y descubrir cuántas personas tienen “sed” de un amor auténtico, de consuelo y esperanza. Jesús sufre en la cruz y, al mismo tiempo, nos muestra un camino para liberarnos de nuestros vacíos: reconocerlo a Él como la fuente que sacia y dejar que su amor transforme nuestras búsquedas equivocadas en un deseo fecundo de encontrarnos con Dios y servir a los demás.

Para reflexionar:

  • ¿Cuáles son mis mayores “sedes” en este momento de mi vida?
  • ¿Percibo la sed que tiene Jesús de que yo me acerque más a Él y de que lleve su amor a los demás?
  • ¿Cómo puedo ayudar a saciar la sed de Dios en quienes todavía no lo conocen?

Para vivir:

  • Reflexiona sobre qué “aguas” buscas para calmar tus necesidades (consumo, reconocimiento, comodidades), y pide a Dios la gracia de buscar primero lo que da vida verdadera.
  • Intenta dejar de lado aquellas aguas que nos alejan del agua viva durante este período de conversión.

«Está cumplido»

Jn. 19, 30

Del evangelio según Juan:

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Para pensar:

En el momento culminante de su entrega en la cruz, Jesús pronuncia una frase llena de misterio y, al mismo tiempo, de esperanza: “Todo está cumplido”. Estas palabras nos remiten al cumplimiento de la misión de Cristo, quien ha llegado al extremo del amor por la humanidad. No se trata de una rendición ante el sufrimiento, sino de la consumación de un plan divino de salvación que abarca toda la historia humana.

En la cruz, el amor demuestra ser más fuerte que el pecado y la muerte. Al declarar que “todo está cumplido”, Jesús afirma que ninguna fuerza del mal puede derrotar el propósito salvador de Dios. Su sacrificio voluntario sella un nuevo pacto: la humanidad, marcada por la herida del pecado, ahora tiene acceso a la vida plena gracias a la entrega incondicional de Cristo. Este triunfo nos invita a la gratitud y a la confianza, recordándonos que el amor de Dios no se deja vencer y que sus designios se cumplen a pesar de las dificultades y oscuridades del camino.

Por otro lado, la frase “Todo está cumplido” no nos llama a la inacción o a la pasividad; al contrario, nos desafía a unirnos a esa obra salvadora de Dios. Si Jesús culmina su misión con fidelidad, también nosotros somos invitados a perseverar en las tareas y compromisos que el Señor pone en nuestro camino. Esa fidelidad conlleva aprender a amar hasta las últimas consecuencias, a no rendirnos ante el cansancio o el desaliento, y a reconocer que toda labor realizada con amor es parte del proyecto divino.

A nivel personal, esta palabra de Jesús ilumina la certeza de que “Dios, que inició en nosotros la buena obra, la continuará hasta terminarla” (cfr. Flp 1,6). A veces, podemos sentir que nuestras luchas o pequeños esfuerzos no llevan a ninguna parte, pero la cruz nos recuerda que, en Dios, nada se pierde y todo halla su sentido. De manera especial, cuando nos sintamos tentados a abandonar o a dejar a medias lo que el Señor nos pide, contemplemos a Cristo que, en la hora más oscura, declara victorioso: “Todo está cumplido”.

Para reflexionar:

  • ¿Vivo con la confianza de que Dios cumple sus promesas en mi vida?
  • ¿Soy constante en mis compromisos, incluso cuando se hacen cuesta arriba?
  • ¿Cómo contagio la alegría de saber que, en Cristo, la victoria está asegurada?

Para vivir:

  • Haz un breve repaso de tus promesas, compromisos o servicios actuales (familia, trabajo, comunidad…) y valora si estás siendo fiel.
  • Dedica una oración pidiendo la fuerza de continuar.

«Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu»

Jn. 19, 25-27

Del evangelio según Juan:

Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, 45porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró.

Para pensar:

Al llegar al final de su pasión, Jesús dirige al Padre una oración de total abandono: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Estas palabras resumen toda su vida y misión. A lo largo de los Evangelios, vemos cómo Jesús coloca su confianza plena en el Padre, y ahora, en la cruz, confirma con su última palabra esa entrega filial. No se trata de una huida de la realidad ni de un simple resignarse a la muerte, sino de la confianza radical en que el amor de Dios todo lo trasciende.

Esta forma de encomendarse nos habla de una comunión íntima entre el Hijo y el Padre, una unión tan profunda que incluso la muerte no puede romper. Jesús abraza la cruz sabiendo que el Padre lo sostiene y lo acompaña aun en la hora más oscura. Este testimonio da sentido a nuestra propia vida, ya que también nosotros somos llamados a depositar en Dios nuestras alegrías, proyectos, sufrimientos e incluso nuestra muerte. Con frecuencia, nos empeñamos en controlar todo y en apoyarnos más en nuestras fuerzas que en la providencia de Dios. Sin embargo, la entrega de Jesús en la cruz nos recuerda que solo al confiar plenamente en el Padre experimentamos la verdadera libertad interior.

Al decir “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, Jesús muestra que el abandono en Dios no es pasividad, sino la postura más activa de quien se sabe sostenido y amado. Tal confianza nos reta a mirar la realidad con esperanza, especialmente cuando enfrentamos incertidumbres o no encontramos respuestas inmediatas. Si Cristo, siendo Dios hecho hombre, se pone con todo su ser en manos del Padre, ¿cuánto más nosotros podemos y debemos fiarnos de Su poder y de Su amor, que es infinito?

Por otro lado, esta palabra es fuente de inspiración misionera: cuando vivimos en la certeza de que el Padre cuida de nosotros, podemos llevar esperanza a quienes viven sumidos en la desesperanza o el sinsentido. Nuestro testimonio cobra fuerza cuando se ve que, a pesar de las pruebas, descansamos en Dios y lo reconocemos como nuestro apoyo y roca firme.

Para reflexionar:

  • ¿Qué áreas de mi vida me cuesta poner en manos de Dios?
  • ¿De qué manera podría confiar más en su providencia y menos en mis propias fuerzas?
  • ¿Cómo puede esta entrega total de Jesús inspirar un nuevo anuncio y contagiar esperanza a quien vive sin sentido?

Para vivir:

  • Cada noche, al acostarte, reza “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” y entrégale todo tu día: lo vivido, lo logrado y lo pendiente.
  • Dedica un rato delante del Santísimo a rezar por aquellas personas que estén pasando por un momento de incertidumbre y dudas.