Cursillos ha sido una herencia de amor hecha camino: un encuentro con Cristo vivido en comunidad, entre rostros, cuidados y gestos sencillos que enseñan a ser Iglesia.
Hacer memoria del camino recorrido en Cursillos de Córdoba no es mirar un álbum del pasado, sino reconocer la huella de Dios en mi historia; es hablar de la herencia que he podido recibir… Una herencia de amor.
Mi historia no empieza conmigo, sino en el Cursillo 32 que hizo mi abuelo Tente, el primero de una familia que me enseñó a vivir en cristiano. Años después, en el Cursillo 809, fui yo quien se encontró con el Señor. Tenía 19 años y era una estudiante de magisterio emocionada al descubrir que yo era Iglesia y que tenía un papel en ella. Hoy, 29 años después, soy una cristiana feliz, esposa, madre y maestra, que sigue emocionándose por cuánto nos quiere Dios. Pero esta herencia no es mi verdadera vivencia del Cuarto Día. Mi historia en el Movimiento de Cursillos no es heredada, sino que se ha ido forjando día a día, a lo largo de estos 29 años, madurando a fuego lento entre mis rutinas y mis propias contradicciones.
Si miro atrás y busco qué es lo que me ha servido para mantener vivo el fuego y sentir este movimiento como algo genuinamente mío, la respuesta no está en los grandes eventos ni en los discursos teóricos. Está en los rostros y en los detalles cotidianos.
Una de las cosas que más me han ayudado a seguir en el camino, sobre todo cuando me he reconocido frágil o cansada, han sido las personas que me han cuidado y acompañado. Mi historia en Cursillos tiene nombres propios. Son esos hermanos que me han sostenido sin juzgarme; los que han sabido intuir un mal día solo con mirarme a los ojos y me han regalado un silencio respetuoso o un abrazo oportuno. En este “saco” estáis los que en este momento leéis este artículo.
Con los años, he aprendido a afinar la mirada y cada vez me cuesta menos ver a Dios en esos gestos sencillos que sostienen nuestra comunidad. Lo veo en esa llamada inesperada de teléfono para preguntar «¿cómo estás?», en el ratito de oración compartida en el que alguien pone voz a lo que a ti te duele, en una sonrisa, en un cruce de miradas o en el café después de una reunión donde nos reímos de nuestras propias torpezas. Esos pequeños milagros cotidianos son los que me han enseñado que ser parte de este movimiento es aprender que la fe no se vive en solitario, sino en el latido compartido de una comunidad que se reconoce frágil pero llamada a ser grande.
Lo que más me apasiona de nuestra vivencia es descubrir que la Iglesia no es una institución ajena al mundo, sino un hogar que construimos con cada gesto cotidiano. En Cursillos he aprendido que ser Iglesia es algo que se es, una identidad que me obliga a revisar cada día cómo escucho, cómo miro y cómo acompaño. Me fascina esa capacidad que tenemos de ser «comunidad que cuida», donde personas que llegan cansadas o heridas encuentran, no explicaciones teóricas, sino una acogida incondicional que les permite volver a respirar.
Amo de nuestro movimiento esa invitación constante a no quedarnos al margen, a no quejarnos desde la barrera, sino a ser fermento y luz en medio de las contradicciones del mundo. Mi vivencia ha sido aprendizaje de unidad en la diversidad; entender que, aunque nadie lo hace todo solo, cada uno de nosotros es imprescindible para que la Iglesia sea hoy más creíble y evangélica.
Mirando hacia atrás, agradezco cada paso que me ha enseñado a amar con los pies en la tierra y el corazón en el cielo. Hoy, al hacer memoria, renuevo mi compromiso de seguir caminando con otros, convencida de que nuestro testimonio más real será siempre que el mundo pueda vernos y decir: “Mirad cómo se aman”.
Te animo a descubrir el sentido de tu Cuarto Día en cada gesto sencillo, en cada rostro que cuidas y en cada paso que das sabiendo que Cristo cuenta contigo.
María Rodríguez-Carretero Luna
Presidenta

