SER IGLESIA: Una manera de mirar, una forma de amar

El mundo necesita ver una Iglesia que ame de verdad: cercana, compasiva y capaz de caminar unida en la diversidad. Una Iglesia que, con gestos sencillos y miradas que acogen, haga visible el Evangelio y se convierta en hogar para quienes necesitan volver a creer y vivir.

Cuando pienso en la Iglesia, no pienso en una institución ajena ni en un edificio. Para mí, la Iglesia es algo que late en mi interior; es mi manera concreta de mirar, de actuar, de cuidar y de amar. Es una identidad que llevo integrada en cada paso que doy, porque ser Iglesia no es algo que se «observa», es algo que se es.

Esa mirada me obliga a mirarme en el espejo y estar en constante revisión. Me exige preguntarme cada día cómo me acerco al otro, cómo escucho y cómo acompaño. He comprobado que no necesitamos grandes escenarios para ser comunidad; basta con una presencia fiel y un gesto que diga: “no estás solo”. Ahí, en lo pequeño, es donde la Iglesia deja de ser una palabra y se convierte en hogar.

En más de una ocasión he visto llegar a personas cansadas, heridas, incluso desconfiadas. Personas que no buscaban explicaciones, sino acogida. Y he descubierto que una comunidad que cuida, que ama sin condiciones y que no juzga, se convierte en el lugar donde el otro puede volver a creer, a respirar y a vivir.

A veces me reconozco frágil. No siempre tengo la paciencia que me gustaría ni la capacidad de amar como Jesús. A veces me pesa el camino, me cuesta comprender al otro o aceptar las diferencias. Pero incluso en esa debilidad, siento que el Señor me invita a no retirarme, a no pasar de largo y a seguir caminando con otros.

En el Cuarto Día, he aprendido que somos Iglesia que transforma cuando cuidamos los vínculos y nos hacemos responsables unos de otros en lo cotidiano. El mundo necesita ver una Iglesia que ame de verdad. Cada mirada y cada silencio nuestro dejan huella: pueden cerrar heridas… o abrirlas.
Siento con fuerza que, para que esa transformación llegue de verdad a nuestro mundo, no podemos caminar solos.

La Iglesia crecerá y se hará más fecunda cuando todas sus realidades, movimientos y parroquias, caminemos juntos, nos reconozcamos y nos sostengamos. Cuando entendamos que nadie lo hace todo, pero todos somos necesarios, algo cambiará: la Iglesia se volverá más creíble y más evangélica. Entonces sí, nuestra manera de mirarnos y cuidarnos transformará vidas concretas.

Tal vez esa sea hoy nuestra mayor responsabilidad: vivir la unidad en la diversidad. Caminar juntos para hacer visible, con nuestra vida y no solo con palabras, aquello que sigue siendo el signo más claro del Evangelio: “Mirad cómo se aman”.

En el primer trimestre os lancé un reto: ¿Te atreves a amar apasionadamente este mundo? En esta ocasión, os lanzo otro: ¿Te atreves a que tu mirada sea hoy el abrazo de la Iglesia para alguien?

¡Ánimo, que Cristo cuenta con su Iglesia! ¡Cuenta conmigo y contigo!

María Rodríguez-Carretero Luna
Presidenta

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