Señor, ¿qué hago por ti?

   No podría precisar con exactitud el momento en que fui consciente de que mi vida transcurría de la mano del Señor. Desde pequeña tengo conciencia de una relación muy personal con el Padre; sin duda, mi familia tiene mucho que ver con eso. Tampoco podría concretar el momento en que esa fe heredada de mis padres se hace mía, aunque creo que ese momento está próximo al de mi confirmación y al colegio en el que estudié, las Esclavas, pues puso su granito de arena en mi andadura como cristiana. Pero lo que si puedo concretar con exactitud es el momento en que me encontré con la Iglesia, con esa gran familia de Cristo; y este, sin duda, es el momento en el que yo realicé mi cursillo hace ya siete años.

   Decimos que al Cursillo sube quien tiene que subir y en su momento, y en mi caso, -creo que como en el de todos los que lo hacen-, fue así. El Señor me invitó a encontrarme de nuevo con Él y, sobre todo, a conocer a su Iglesia, que estaba presente no sólo en los sacerdotes y en el equipo de responsables, sino en todos los que hicimos el Cursillo nº 907. Descubrí que era un miembro más de la Iglesia, con una tarea única en el sentido de que sólo yo puedo realizar, al igual que cada uno de vosotros tenéis vuestra propia misión.

   Junto a este descubrimiento tomé conciencia de la necesidad de no caminar sola, como había hecho hasta ahora. En el Postcursillo fui convenciéndome de la necesidad de encontrar un grupo con el que compartir, en el que crecer y que me ayudara a mantener la fidelidad, la constancia… Por otra parte, también cambió mi vida de oración. Creo que desde el cursillo mi oración ha crecido, ha madurado; ahora me sorprendo a mí misma diciendo: aquí estoy Señor, muéstrame el camino y dame valor y generosidad para seguirlo.

   Mi pertenencia a la Escuela de Cursillos me permite mantener vivo el descubrimiento de mi Cursillo:“que yo soy Iglesia” en mi casa, en mi trabajo, con los amigos…. En estos años he ido identificando aquellos ambientes en los que me muevo y en los que he aprendido a ser testigo y a explicitar mi fe sin miedos; asumiendo compromisos, como en la pastoral de ETEA pero, sobre todo, con alegría…, porque si algo debiera caracterizarnos es la alegría y la paz.

   El primer lugar al que me siento llamada por el Señor es en mi familia. Desde las pequeñas cosas, como rezar con mi hija, hasta compromisos un poco más grandes como ser catequista de comunión en el colegio en el que estudia. Con el tiempo he comprendido que trabajar en una institución como ETEA no es fruto de la casualidad, sino que el Señor me llevó allí porque tenía una tarea que desarrollar; colaborando más directamente con la Compañía en sus planes de formación de los laicos que trabajan en sus instituciones, pero también participando activamente en la pastoral, donde un grupo de profesores colaboramos con los sacerdotes jesuitas para acompañar a los alumnos en su vivencia de la fe en el entorno universitario. Lo que más me llama la atención de todo es que cómo compartir la experiencia de la fe crea lazos de amistad, donde la edad no importa, como tampoco importan otras cosas.

   San Ignacio, en sus ejercicios, plantea un diálogo con el Señor en el que, frente a tanto amor recibido, debemos preguntarnos: Señor, ¿qué he hecho por ti?, ¿qué hago por ti?, ¿qué debería hacer por ti? Yo tengo la sensación de que aún me queda muchísimo por hacer, pero esto es un camino por el cual, tan sólo, he comenzado a andar. Muchos van por delante, pero también hay otros muchos que tienen que empezar a andar, a esos son a los que trato de invitar cada vez que subo a un cursillo.

Araceli de los Ríos
Cursillo nº 907

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